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Descifrando el cerebro infantil en la era de la tecnología

Por Jon Andoni Duñabeitia

Hay una escena que se repite en miles de hogares cada día. Un bebé de pocos meses mira fijamente a su madre, mueve las manos como si estuviera dirigiendo una pequeña orquesta invisible, suelta un sonido que podría ser una sílaba, o podría ser simplemente entusiasmo puro. Y los adultos presentes entran en modo interpretación simultánea: “¡Ha dicho mamá!”.

La realidad, siendo honestos, es que probablemente no haya dicho nada todavía. Pero ese pequeño momento resume algo importante: el desarrollo infantil es un proceso fascinante, rápido, impredecible y lleno de interpretaciones. Durante los primeros años de vida ocurren más cambios en el cerebro humano que en cualquier otra etapa. Entre los 0 y los 6 años se construyen redes neuronales a una velocidad vertiginosa. Los niños pasan de reaccionar casi exclusivamente a estímulos básicos a explorar el mundo, interactuar con otros, resolver pequeños problemas cotidianos y desarrollar formas cada vez más complejas de comunicación. Y todo eso ocurre sin manual de instrucciones.

Para quienes investigamos el neurodesarrollo, ese proceso es tan apasionante como complicado de estudiar. Los niños pequeños no rellenan cuestionarios, no siguen protocolos experimentales demasiado largos y, si una tarea no les resulta mínimamente divertida, simplemente deciden que han terminado el experimento. Sin negociación posible.

Durante décadas, estudiar el desarrollo infantil ha sido un trabajo casi detectivesco. Observaciones cuidadosas, pequeñas tareas diseñadas con precisión milimétrica y muchas horas de análisis para entender qué estaba ocurriendo en ese cerebro en plena construcción.

Pero en los últimos años algo interesante está pasando. Las nuevas tecnologías están empezando a abrir ventanas completamente nuevas para observar el desarrollo temprano. Y, por primera vez, podemos mirar ese proceso con herramientas que permiten capturar mucha más información de lo que antes era posible.

De mirar fotografías a ver la película completa

Durante mucho tiempo, la investigación en desarrollo infantil funcionaba como una cámara de fotos. Un niño venía al laboratorio, participaba en algunas tareas breves y los investigadores recogíamos algunos datos sobre su comportamiento en ese momento concreto. Aquella “foto” del desarrollo era útil, pero inevitablemente limitada.

Hoy la tecnología nos permite acercarnos más a algo parecido a una película. Sensores de movimiento, análisis automatizado de vídeo, dispositivos digitales interactivos, registro continuo de la mirada, o aplicaciones diseñadas específicamente para niños pequeños permiten recoger información sobre cómo se mueven, cómo exploran el entorno o cómo interactúan con los objetos y con otras personas.

No se trata solo de medir si un niño consigue completar una tarea, sino de observar cómo lo hace, cuánto tarda en reaccionar, qué estrategias utiliza, hacia dónde dirige la mirada o cómo cambia su comportamiento con el tiempo. Así, en lugar de un instante aislado, empezamos a observar patrones. Y los patrones en ciencia son oro.

El reto de detectar a tiempo

Detectar e intervenir temprano es fundamental. En el ámbito del neurodesarrollo esta es una idea clave que guía la acción de profesionales en todo el mundo. Muchas dificultades del desarrollo empiezan a manifestarse en los primeros años de vida.

Sin embargo, distinguir entre variabilidad normal y señales que merecen una evaluación más detallada no siempre es sencillo. El desarrollo infantil es tremendamente diverso. Hay niños que empiezan a caminar muy pronto y otros que se lo toman con más calma. Algunos muestran una gran curiosidad por explorar todo lo que encuentran a su alrededor, mientras que otros prefieren observar durante más tiempo antes de lanzarse a la aventura.

Esa diversidad forma parte inherente del desarrollo. Pero también puede hacer que algunas señales tempranas pasen desapercibidas durante bastante tiempo. Aquí es donde las nuevas tecnologías pueden aportar algo interesante, ya que al recoger información de muchos niños en diferentes contextos, es posible construir patrones de desarrollo más precisos y compararlos con el progreso individual de cada niño. Y esto puede ayudar a identificar señales que indiquen que conviene observar algo con más atención.

En otras palabras, la tecnología puede funcionar como una especie de radar temprano del desarrollo. Y aunque cada niño tiene su propio ritmo y los factores familiares, culturales, educativos e incluso pequeñas diferencias biológicas influyen en cómo evolucionan determinadas habilidades, con una monitorización experta adecuada, podremos identificar mejor los patrones que se desvían significativamente del desarrollo típico.

Tecnología con sentido común

Por supuesto, conviene mantener cierto equilibrio en esta historia. La tecnología puede ayudarnos muchísimo a observar, medir y analizar el desarrollo infantil, pero no sustituye a la interacción humana. Los niños no se desarrollan frente a una pantalla ni dentro de un algoritmo. Se desarrollan en interacción con otras personas, en el contexto de relaciones afectivas, juego compartido, lenguaje, exploración y aprendizaje cotidiano.

Las herramientas tecnológicas deben servir para comprender mejor esos procesos, no para reemplazarlos. Además, cuando trabajamos con información sobre niños pequeños, la protección de los datos y el uso ético de la información deben ser siempre prioridades absolutas. La innovación científica tiene sentido solo si se desarrolla con responsabilidad.

La combinación entre ciencia y tecnología está ampliando de forma extraordinaria nuestra capacidad para estudiar los primeros años de vida. Podemos observar con más detalle cómo se mueven los niños, cómo exploran el mundo, cómo responden a diferentes estímulos y cómo evolucionan estas habilidades con el tiempo. Pero quizá lo más interesante no es solo la tecnología en sí.

Lo verdaderamente importante es que nos permite hacer mejores preguntas. ¿Cómo aprenden los niños a interactuar con el mundo que les rodea? ¿Qué señales tempranas pueden ayudarnos a detectar dificultades del desarrollo? ¿Cómo podemos diseñar entornos que favorezcan al máximo el desarrollo infantil?

Estudiar el neurodesarrollo no consiste solo en entender cómo funciona el cerebro. Consiste en entender cómo crecen las personas. Y si los primeros años de vida son el momento en el que se construyen los cimientos del desarrollo, cualquier herramienta que nos ayude a observar ese proceso con mayor claridad merece, al menos, que le prestemos atención. Aunque el bebé todavía no haya dicho “mamá”, por mucho que queramos creerlo.

Dr.  D. Jon Andoni Duñabeitia  

Catedrático en la Universidad Nebrija, director del Centro de Investigación CINC, director de la International Chair in Cognitive Health, y director de la Cátedra en Neurodesarrollo.

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