Una valoración del desarrollo infantil no es un examen: Cómo observamos, escuchamos y comprendemos el desarrollo de cada niño.
Cuando una familia llega a una valoración del desarrollo infantil, es habitual que aparezcan muchas preguntas. ¿Qué van a observar? ¿Le harán pruebas? ¿Qué ocurre si ese día está cansado o no quiere participar?
A veces, la palabra evaluación puede hacernos pensar en un examen o en una puntuación. Sin embargo, valorar el desarrollo infantil es un proceso mucho más amplio. Se trata de conocer al niño de forma global y comprender qué habilidades ha adquirido, cómo aprende, cómo se comunica, cómo juega, cómo se relaciona y cómo participa en su vida cotidiana.
La investigación y las recomendaciones actuales coinciden en la importancia de integrar diferentes fuentes de información. La familia, la observación del niño, sus rutinas y entornos, las herramientas estandarizadas y, cada vez más, algunas tecnologías pueden aportar piezas diferentes de un mismo puzle.
Todo empieza por conocer al niño y a su familia
Una valoración comienza escuchando.
La familia conoce cómo se comunica el niño cuando necesita algo, qué situaciones disfruta, qué le ayuda cuando algo le resulta difícil, cómo juega o qué diferencias observa entre casa, la escuela y otros entornos.
Esta información es fundamental porque una sesión de evaluación nos muestra al niño en un momento y un contexto determinados. Puede encontrarse en un espacio nuevo, con una persona que acaba de conocer y ante actividades que no forman parte de su día a día. El cansancio, la novedad o el propio entorno pueden influir en su comportamiento.
Por eso, conocer sus rutinas y los contextos en los que participa permite entender mejor cómo utiliza sus habilidades en la vida cotidiana. No solo nos interesa saber si un niño puede hacer algo, sino también cuándo lo hace, con quién, en qué situaciones y qué apoyos necesita.
Observar cómo juega también es evaluar
En la infancia, el juego es una de las mejores formas de conocer el desarrollo. Mientras un niño juega podemos observar cómo explora los objetos, cómo resuelve pequeños problemas, qué despierta su interés, cómo busca ayuda, cómo se comunica o cómo responde cuando otra persona intenta participar.
También podemos observar conductas comunicativas que aparecen mucho antes de las primeras palabras: mirar al adulto, acercarle un objeto, señalar, vocalizar o alternar la mirada entre una persona y aquello que le interesa.
No importa únicamente si el niño consigue realizar una tarea. También nos interesa saber cómo llega a resolverla, si necesita ayuda, si aprende después de observar un modelo o si utiliza estrategias diferentes.
Toda esta información nos ayuda a comprender no solo lo que el niño sabe hacer, sino también cómo aprende.
Las herramientas de evaluación son una parte del proceso
En algunos momentos proponemos al niño una serie de actividades para conocer mejor diferentes áreas de su desarrollo, como la comunicación, el aprendizaje, el movimiento o la forma en la que resuelve pequeños problemas. Para ello utilizamos herramientas de evaluación que nos ayudan a observar estas habilidades de una manera organizada y a conocer cómo evoluciona su desarrollo en relación con otros niños de una edad similar.
Dependiendo de lo que queramos conocer, podemos realizar una valoración general del desarrollo o profundizar en aspectos más concretos. Por ejemplo, podemos observar con más detalle cómo comprende y utiliza el lenguaje, cómo se comunica y se relaciona con otras personas, cómo juega, cómo se mueve o cómo participa en las actividades de su vida diaria.
Estas herramientas aportan información muy valiosa. Los resultados siempre deben interpretarse junto con su historia de desarrollo, lo que cuenta la familia, lo que observamos durante la valoración y cómo se desenvuelve en sus entornos habituales. Un niño puede mostrar una habilidad durante una actividad concreta y todavía no utilizarla de forma espontánea en su día a día. También puede ocurrir lo contrario: algunas capacidades pueden aparecer con claridad en casa o en la escuela y no mostrarse en una situación de valoración.
Por eso, una buena valoración consiste en elegir las herramientas que mejor responden a lo que queremos conocer y reunir toda la información para comprender al niño de la forma más completa posible, reconociendo sus fortalezas y orientando los apoyos que pueden favorecer su desarrollo y participación.
Dña. Emma Balsalobre Barreales
Logopeda – Fundación Salud Infantil
Docente – Universidad Internacional de la Rioja (UNIR)
